Habitantes míticos de las altas cumbres de Vasconia antes de la expansión del cristianismo, los Jentilak (o Gentiles) representan a la humanidad de una era remota dotada de una fuerza sobrehumana. Aislados en las zonas más abruptas de las montañas, mantenían una convivencia apacible con los pobladores de los valles, destacando por su carácter rudo pero noble y pacífico.
Su colosal vigor les permitía lanzar moles rocosas a enormes distancias entre los picos, hazaña a la que la tradición atribuye la creación de dólmenes, cromlechs y monumentos megalíticos que salpican la geografía vasca.
Con la llegada de una nueva era anunciada por una misteriosa luz en el firmamento —el nacimiento de Kixmi—, estos gigantes comprendieron que su tiempo llegaba a su fin. En un acto de resignación, se refugiaron bajo tierra y entre las estructuras de piedra, desapareciendo del mundo y dejando tras de sí únicamente el testimonio de sus gigantescas construcciones.
Sin embargo, la memoria oral cuenta que no todos se sumieron en el olvido absoluto. De entre aquel antiguo linaje, un único gigante permaneció en el mundo de los vivos: Olentzero. Tras ser el único en no sepultarse en las entrañas de la tierra, adaptó su existencia a los nuevos tiempos para convertirse en el humilde carbonero de los bosques, actuando como un puente viviente entre la era de los gigantes milenarios y la llegada de la renovación en cada solsticio de invierno.

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