Como contraparte oscura de su hermano Atarrabi, Mikelats encarna la vertiente impetuosa, destructiva y caótica de las fuerzas terrestres y celestes. Fruto de la unión primordial entre la diosa Mari y el genio serpentino Sugaar, este numen personifica la furia desenfrenada de los elementos, el estrépito de las tempestades y la ruina implacable que azota los valles.
Durante su formación en las profundidades de la cueva de Etsai, Mikelats quedó fascinado por el lado más sombrío de las artes ocultas. Mientras su hermano gemelo cultivaba la compasión y el remedio para las dolencias humanas, Mikelats absorbió con avidez los secretos para manipular el clima, dominar el pedrisco, desatar vientos racheados y convocar heladas intempestivas, abrazando con orgullo su papel como señor del caos.
En la tradición oral de los caseríos, cuando los nubarrones oscurecen los picos y el granizo devastador arrasa las cosechas, los cultivos y los viñedos, la memoria popular atisba la mano de Mikelats surcando el firmamento a caballo de las tormentas. Sin embargo, su capacidad de devastación no permanece desbocada: su poder se encuentra en un combate perpetuo con la benevolencia de Atarrabi, quien interviene para neutralizar sus vendavales y restaurar el frágil equilibrio entre la conservación y la destrucción en la tierra de Euskal Herria.
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