Cada Nochebuena, abandona su solitaria borda en la montaña para bajar a los pueblos, portando en su saco el carbón que calienta los hogares, regalos para los más jóvenes y el mensaje festivo de prosperidad para la época más fría del año.
Considerado el último superviviente del antiguo linaje de los Jentilak, Olentzero se erige como el gran símbolo del solsticio de invierno y la renovación en Euskal Herria. Este entrañable carbonero, de rostro curtido por el hollín de la piconera y vestimenta humilde, habita durante todo el año en las profundidades del bosque dedicado a la elaboración del carbón vegetal. Caracterizado por su apetito copioso, su afición al buen vino y su aspecto tosco pero afectuoso, Olentzero es el único gigante que no se ocultó ante la llegada de la nueva era, asumiendo la tarea de descender a las comunidades humanas para anunciar el renacer de la luz.
Las Sorginak constituyen una de las figuras más fascinantes y universales del acervo vasco: sacerdotisas de las fuerzas de la naturaleza, sanadoras y sabias conocedoras de los secretos de la tierra.
Consideradas en el mito como las servidoras y asistentes de la gran diosa Mari, estas mujeres poseían un saber profundo sobre las virtudes curativas de las plantas, los ciclos astrales y los rituales de protección para los caseríos.
Al amparo de la noche, se reunían en los akelarres junto al genio Akerbeltz para celebrar la vida, danzar y entonar cantos en comunión con lo salvaje. Aunque la persecución medieval distorsionó su memoria convirtiéndolas en figuras oscuras, el relato popular conserva el recuerdo de las Sorginak como guardianas de un conocimiento ancestral, capaces de sanar males, moldear el destino y desafiar las leyes del mundo físico con sus encantamientos.
Habitantes míticos de las altas cumbres de Vasconia antes de la expansión del cristianismo, los Jentilak (o Gentiles) representan a la humanidad de una era remota dotada de una fuerza sobrehumana. Aislados en las zonas más abruptas de las montañas, mantenían una convivencia apacible con los pobladores de los valles, destacando por su carácter rudo pero noble y pacífico.
Su colosal vigor les permitía lanzar moles rocosas a enormes distancias entre los picos, hazaña a la que la tradición atribuye la creación de dólmenes, cromlechs y monumentos megalíticos que salpican la geografía vasca.
Con la llegada de una nueva era anunciada por una misteriosa luz en el firmamento —el nacimiento de Kixmi—, estos gigantes comprendieron que su tiempo llegaba a su fin. En un acto de resignación, se refugiaron bajo tierra y entre las estructuras de piedra, desapareciendo del mundo y dejando tras de sí únicamente el testimonio de sus gigantescas construcciones.
Sin embargo, la memoria oral cuenta que no todos se sumieron en el olvido absoluto. De entre aquel antiguo linaje, un único gigante permaneció en el mundo de los vivos: Olentzero. Tras ser el único en no sepultarse en las entrañas de la tierra, adaptó su existencia a los nuevos tiempos para convertirse en el humilde carbonero de los bosques, actuando como un puente viviente entre la era de los gigantes milenarios y la llegada de la renovación en cada solsticio de invierno.
Dentro del universo de los espíritus domésticos y las pequeñas criaturas mágicas, los Galtzagorriak (literalmente, «los de pantalones rojos») destacan por su vivacidad inagotable y su diminuto tamaño.
También conocidos según la localidad como mamarroak u orratz-ontzikoak, estos duendecillos son tan escasos en estatura que pueden guardarse por docenas en una humilde caja de cerillas o en el estuche de un alfiletero. Su trazo distintivo son los calzones de paño encarnado que vistiendo le dan nombre, reflejo de su carácter intrépido y acelerado.
Estas diminutas entidades sirven con devoción a un único dueño, a quien obedecen de forma inmediata y ciega. Al abrir la caja que los custodia, emergen en estampida entonando al unísono su impaciente estribillo: «Zer egingo dugu? Zer egingo dugu?» («¿Qué haremos? ¿Qué haremos?»). Dotados de una capacidad de trabajo asombrosa, son capaces de completar las tareas más fatigosas en cuestión de segundos: labrar un campo entero antes del amanecer, reparar la estructura de una borda o sanar cosechas arruinadas.
Sin embargo, su energía resulta un arma de doble filo; si el dueño no les encomienda labores constantes para mantenerlos ocupados, los Galtzagorriak pueden volverse destructivos o atormentar a la casa con sus travesuras descontroladas.
En el corazón de las masas forestales más frondosas y antiguas de Euskal Herria habita el Basajaun, el noble «Señor del Bosque».
Presentado por la tradición como un gigante de fuerza descomunal recubierto por una espesa cabellera que le llega hasta los pies, esta criatura encarna al sabio guardián de la vegetación, de la fauna silvestre y de la vida pastoril. A diferencia de otros colosos crueles del inframundo, el Basajaun observa a los seres humanos con benevolencia siempre que estos muestren la veneración adecuada por el equilibrio de la naturaleza.
Su silbido característico resuena en los valles como una advertencia providencial: cuando los lobos acechan las laderas o se avecina una tormenta intempestiva, el gigante alerta a los pastores para que recojan sus rebaños a tiempo, permitiéndoles descansar en los caseríos con la certeza de que sus ovejas están bajo su amparo.
Además de su rol protector, la memoria oral lo recuerda como el primer poseedor de los grandes progresos de la civilización. Fue del Basajaun de quien la humanidad obtuvo —a menudo mediante la astucia de agricultores y herreros— los secretos del cultivo del trigo, la fabricación de la sierra, la soldadura del hierro y la alfarería, convirtiéndolo en un verdadero eslabón entre la vida salvaje y el nacimiento de la agricultura en las montañas.