
En los tiempos primigenios, cuando el mundo aún no conocía la luz ni el curso de las estaciones, Amalur, la Madre Tierra, también encarnada en la Diosa Mari / Maddi, yacía sumida en una penumbra silenciosa e infinita. De su vientre fértil brotaban las montañas, las laderas y las abismales galerías rocosas, pero sobre su faz reinaba un frío glacial. Los primeros seres humanos habitaban sobre su manto buscando cobijo en las hendiduras de la piedra, compartiendo la existencia con engendros del inframundo y espíritus de las sombras que emergían de los abismos para sembrar el terror entre la humanidad.

Viendo a sus hijos terrenales padecer entre el miedo y el desparo, Amalur despertó en toda su grandeza maternal para ofrecerles amparo. Escuchó las súplicas que retumbaban en la roca y decidió concebir la primera luz que rasgaría la negrura del firmamento. De las profundidades de su propio ser gestó un astro de resplandor apacible y lo elevó hacia el cielo: Ilargi, la Luna. Cuando el fulgor argénteo impregnó los valles, las gentes celebraron el fin del desamparo, mientras que las criaturas de las tinieblas se replegaron atemorizadas ante la novedad. Sin embargo, el alivio fue efímero; los genios maliciosos pronto comprendieron que la suave claridad de la noche no dañaba sus pieles ni cegaba sus ojos, por lo que retornaron de sus cavernas para reanudar sus cacerías.

Al percibir que una luz tan apacible no bastaba para salvaguardar a la humanidad, Amalur volcó la fuerza de sus entrañas en obrar un segundo milagro. Moldeando el fuego interior y la vitalidad de la tierra, concibió a Eguzki, el Sol. Cuando este astro sagrado emergió por primera vez sobre los picos, un torrente de calor y resplandor dorado bañó la superficie. Los seres de las sombras, abrasados por la potencia del fuego diurno, huyeron en estampida hacia los abismos más remotos del subsuelo, incapaces de soportar el milagro de la luz.

A partir de aquel instante, la vida floreció con esplendor sobre el cuerpo de Amalur. No obstante, para conservar el frágil equilibrio del cosmos, Eguzki debía descendiente cada atardecer al seno maternal para descansar y purificarse en las aguas subterráneas antes de resurgir con el alba. Ante la inquietud de los mortales por la penumbra del crepúsculo, Amalur obró un último regalo: hizo brotar de sus laderas el Eguzkilore, la flor que encerraba la esencia del sol para custodiar los umbrales de los hogares durante las horas nocturnas. Desde entonces, Amalur permanece como la matriz sagrada e imperecedera que sostiene, alimenta y abraza a la creación entera, en un pacto eterno de protección entre la Tierra y sus criaturas.








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