En las entrañas húmedas de la cueva de Sare, donde las estalactitas gotean un tiempo sin horas y la luz de Eguzki jamás ha osado penetrar, se abría la escuela oculta de Etsai. Este espíritu abismal, maestro supremo de las artes prohibidas, la nigromancia y los misterios del clima, acogía en la penumbra a aquellos jóvenes dotados de un talento excepcional para enseñarles la ciencia secreta de las sombras. Entre todos sus discípulos destacaban dos hermanos gemelos de naturaleza opuesta: Atarrabi, de alma serena y compasiva, y Mikelats, de temperamento indómito, soberbio y atado al rencor.
Durante siete largos años, los gemelos permanecieron en la oscuridad aprendiendo a interpretar el vuelo del viento, el lenguaje de las piedras, el arte de gobernar las tempestades y las fórmulas secretas para doblegar la voluntad de las criaturas. Etsai impartía sus conocimientos con una generosidad devoradora, pero su maestría tenía un precio terrible impuesto por la tradición del inframundo: al concluir el periodo de aprendizaje, uno de los dos alumnos debía quedar prisionero en la cueva para siempre, sirviendo como esclavo y vasallo del maestro de la penumbra.
A medida que la instrucción llegaba a su fin, los caminos de los hermanos se bifurcaron sin retorno. Mikelats, fascinado por el poder destructivo que Etsai desplegaba desde los abismos, abrazó de buen grado el bando del caos. Aprendió a convocar las granizadas que arrasan las cosechas y a desatar las pedriscas sobre los caseríos, satisfecho con quedarse en la sombra como ejecutor de los vendavales. Atarrabi, por el contrario, comprendió el horror de un conocimiento que no sirve a la vida. Su deseo más profundo no era dominar a los hombres, sino regresar a la superficie para proteger a las comunidades de los valles y utilizar su ciencia en beneficio de los afligidos.
Llegó finalmente el día de la partida. Mientras Mikelats se inclinaba con sumisión ante Etsai para sellar su pacto eterno con el inframundo, Atarrabi aguardó el instante preciso en que el maestro volvía la espalda para emprender una carrera desesperada hacia la boca de la cueva. Oyendo el eco de los pasos en fuga, Etsai emitió un alarido de furia que sacudió los cimientos de la montaña y se lanzó tras la pista del discípulo rebelde, deslizándose como una ráfaga de viento helado por las galerías de piedra.
Atarrabi corría con el corazón desbocado, viendo a lo lejos el umbral de la cueva iluminado por la claridad del sol matutino. Sintió el aliento sofocante del maestro rozándole el cuello en el último tramo del túnel. Justo cuando el joven saltaba hacia la luz de la superficie, traspasando la frontera sagrada donde las sombras no pueden reinar, Etsai extendió su garra e intentó aferrarlo. Sin embargo, no logró atrapar la carne ni el vestido del fugitivo: sus dedos se cerraron sobre la sombra de Atarrabi, desgarrándola y arrancándola para siempre del cuerpo del muchacho.
Atarrabi salvó la vida y la libertad, pero al precio de quedar mutilado en el mundo visible. A partir de aquel día, aun bajo el sol más radiante del mediodía, el joven no proyectaba silueta alguna sobre el suelo de la tierra. Este estigma no le impidió cumplir su noble propósito: retirándose a la vida contemplativa y sirviendo como sabio benefactor en los poblados, Atarrabi empleó todo el saber arrebatado a Etsai para contrarrestar las tempestades y catástrofes que su hermano Mikelats enviaba desde los abismos.
Así, la historia de los gemelos de Sare quedó grabada en la memoria popular como la personificación del equilibrio eterno entre la luz y la penumbra. Mientras Mikelats ruge en las tormentas de verano y Etsai guarda en la cueva la sombra robada, Atarrabi camina entre los mortales como un faro de amparo, recordando que la verdadera sabiduría no reside en dominar el poder de la oscuridad, sino en la valentía de renunciar a ella para servir al bien común.
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Atarrabi, Mikelats y la Sombra de Etsai
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