En los tiempos primigenios, cuando la humanidad daba sus primeros pasos en los valles de Euskal Herria, las altas cumbres y los bosques tupidos pertenecían al dominio absoluto de Basajaun, el Señor del Bosque. Este gigante de fuerza descomunal, cuyo cuerpo entero estaba cubierto por una densa cabellera y cuya huella era circular como la base de una tina, no solo velaba por la vida silvestre y protegía a las ovejas contra las garras de los lobos, sino que poseía en exclusiva la clave de todos los saberes técnicos y agrícolas que los hombres desesperadamente anhelaban. La humanidad vivía en la ignorancia, alimentándose de lo que la tierra ofrecía de forma espontánea y refugiándose en cavernas heladas, hasta que la figura de San Martin Txiki, un héroe popular de diminuta estatura pero de agudeza mental insuperable, decidió subir a las montañas para arrebatarle los secretos al gigante y entregárselos a su pueblo.
El primer y más preciado secreto que custodiaba Basajaun era el cultivo del trigo. En las profundidades de sus cavernas de piedra, el gigante guardaba inmensas cumbres de grano dorado, pero los hombres desconocían cómo sembrarlo para multiplicarlo y elaborar el pan. Para conseguir las semillas, San Martin Txiki se calzó unas abarcas de cuero enormemente anchas y se presentó ante la morada del Señor del Bosque proponiéndole un juego de destreza: ver cuál de los dos lograba saltar por encima de los montones de trigo sin tocar el suelo. Basajaun, confiado en su envergadura descomunal, dio un brinco colosal y cruzó la estancia limpio. Cuando tocó el turno del astuto Martin, este simuló una torpeza fingida y cayó de bruces en medio del montón de grano. Mientras el gigante se reía a carcajadas de la torpeza de su invitado, el héroe llenaba disimuladamente las holgadas abarcas con cientos de semillas atrapadas entre los pliegues de su calzado.
Al abandonar la cueva, Martin echó a correr valle abajo con las semillas robadas, pero aún ignoraba la ciencia exacta de la siembra. Basajaun, creyéndose a salvo en la soledad de sus dominios, comenzó a cantar victorioso una tonada ancestral cuyo eco descendió acariciando las copas de los árboles: «Si los hombres supieran este secreto, sembrarían el trigo en el otoño, cuando cae la hoja del roble y la del castaño ya se ha desprendido». Martin Txiki aguzó el oído en la ladera, atrapó las palabras al vuelo y corrió a enseñar a los campesinos la época precisa del cultivo. Pronto, los valles se cubrieron de dorados trigales y el alimento abundó por primera vez en las casas de los valles.
Tiempo después, al contemplar los campos cultivados, Basajaun comprendió que había sido burlado, pero la ambición noble de San Martin Txiki no se detuvo allí. El héroe necesitaba el secreto de la sierra para cortar los troncos de roble y erigir viviendas sólidas. Fabricó una hoja dentada imitando el borde recortado de una hoja de castaño y comenzó a serrar madera en el lindero del bosque. El sonido rítmico llamó la atención de Basajaun, quien se acercó asombrado al ver la herramienta. Sin embargo, la hoja se atrancaba constantemente en la fibra del árbol. Basajaun, deseando demostrar su superioridad técnica, exclamó con arrogancia: «¡Ah, pobre mortal! Se te ha ocurrido copiar la hoja del castaño, pero no se te ha pasado por la cabeza alternar los dientes de la sierra, doblo uno a la izquierda y otro a la derecha, para que el corte abra camino». Martin tomó nota en silencio del consejo, ajustó las puntas de su sierra y la carpintería humana dio un salto definitivo.
Furioso por haber regalado involuntariamente otro invento, el Señor del Bosque reforzó su celo, pero Martin Txiki todavía aspiraba a arrebatarle el último gran misterio de la metalurgia: la soldadura del hierro al rojo vivo. Para tender la trampa final, el héroe hizo circular el rumor de que ya había conseguido unir dos barras de hierro fundido en su fragua. Indignado ante la idea de que un mortal igualara su maestría, Basajaun gritó a los cuatro vientos: «¡Imposible! ¡A menos que haya descubierto que debe espolvorear arena fina sobre el metal ardiente antes de golpearlo con el martillo!». Un pajarillo que escuchó la revelación voló hacia la fragua del héroe y le susurró el secreto al oído.
Al comprender que la ciencia del pan, de la madera y del metal había pasado por completo a manos de la humanidad, Basajaun renunció a la ira. Entendió que el tiempo de la ignorancia humana había concluido y que los mortales estaban listos para labrar su propio destino. Replegándose hacia la espesura de las cumbres más altas, el gigante asumió para siempre su función protectora: ser el noble guardián de los bosques, el silbador que avisa de las tormentas inminentes y el amigo invisible de los pastores que vela por la paz y el equilibrio de la tierra.
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Basajaun y la Astucia de San Martin Txiki
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