En los tiempos míticos de Euskal Herria, cuando las montañas aún conservaban la huella fresca de la creación, la tierra estaba habitada por los Jentilak. Estos colosos de fuerza descomunal y naturaleza noble vivían en perfecta armonía con las laderas, las cavernas y los bosques ancestrales. Poseedores de una fortaleza sin igual, los Jentilak erigieron los primeros menhires, trazaron los crómlechs y moldearon el paisaje lanzando enormes moles de roca de cumbre a cumbre con la misma facilidad con la que un niño arroja un guijarro. Ignorantes de los dogmas de la civilización moderna, rendían culto a la sabiduría de las fuerzas telúricas, al resplandor de Eguzki y al cobijo incondicional de la Madre Tierra. Sin embargo, su era dorada estaba destinada a llegar a un final ineludible.
Sucedió durante un día sereno en las alturas de la sierra de Aralar. Mientras los colosos compartían sus tareas de pastoreo y edificación, un fulgor extraño e inusitado irrumpió en el firmamento hacia el oriente. No era el resplandor cálido del sol ni la luz apacible de Ilargi, sino un astro desconocido, una estrella envolvente y deslumbrante que surcaba el cielo arrojando una claridad sobrecogedora sobre los picos. Invadidos por un estremecimiento sagrado y una profunda inquietud, los Jentilak contemplaron la aparición en silencio, presintiendo en las entrañas de la piedra que la armonía de su mundo se quebraba para siempre.
Incapaces de descifrar el significado de aquella señal celeste, los gigantes acudieron en busca del más anciano y sabio de su estirpe. El anciano, cuya vida se extendía a lo largo de centurias olvidadas, yacía ciego en la penumbra de su caverna, con los párpados cansados y pesados por el transcurso insoportable de los milenios. Para que pudiera contemplar el presagio, sus compañeros tuvieron que levantar sus pesados párpados utilizando horcas de madera de roble. Cuando la mirada del viejo coloso se posó por fin en el astro que iluminaba el horizonte, un temblor hondo sacudió su cuerpo secular y las lágrimas surcaron sus mejillas ajadas como grietas en la roca.
Con voz grave y temblorosa, cargada de una tristeza infinita que hizo eco en las cavernas del valle, el anciano pronunció la profecía fatídica: «Ha nacido Kixmi (Cristo). Nuestra era ha concluido, los dioses antiguos se repliegan y la luz de esta estrella anuncia el nacimiento de una nueva humanidad. Arrojadme por el precipicio, pues no debo ver la caída de nuestro pueblo». La revelación cayó sobre los colosos como un rayo implacable. Comprendieron que con la llegada del nuevo culto y de los hombres civilizados, el misterio de los bosques se disiparía, las rocas sagradas perderían su voz y su propia especie, ligada indisolublemente al tiempo primigenio, ya no tendría cabida en la faz de la tierra.
Presas del pánico y abatidos por una pena insoportable, los Jentilak echaron a correr en desbandada por las cresterías de Aralar, buscando desesperadamente un refugio donde ocultarse de la luz del nuevo astro. Corrieron sin descanso atravesando valles y desfiladeros hasta llegar a la comarca de Ataun, al pie de la ladera de Argaintxiki. Allí, desesperados por no hallar consuelo, se reunieron bajo una colosal losa de piedra y se sepultaron vivos a sí mismos en las entrañas del suelo. Aquella inmensa mole rocosa que cubrió su tumba colectiva pasó a llamarse para siempre Jentilarri (la piedra de los Jentilak), conservándose desde entonces como un monumento funerario al aire libre que testimonia el final de los antiguos colosos.
Sin embargo, la memoria de la antigua estirpe no se extinguió por completo en las sombras del subsuelo. Según el relato popular, solo uno de los gigantes no se sepultó bajo la mole de piedra de Jentilarri: Olentzero. El noble carbonero de los bosques permaneció en la superficie como el único superviviente de los tiempos primigenios. Su misión, encomendada por la memoria de su pueblo, fue la de descender cada solsticio de invierno desde los arbolados hasta los valles habitados por los hombres para anunciarles la llegada de la nueva luz y la renovación de la vida. De este modo, la desaparición de los Jentilak no significó su olvido absoluto, sino su metamorfosis en el recuerdo eterno del paisaje, recordando a las futuras generaciones que bajo las piedras de los dólmenes y en la espesura de las montañas late todavía el alma indivisible de la antigua Euskal Herria.
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La Profecía de Kixmi y la Desaparición de los Jentilak
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