En lo más agreste de los montes de Euskal Herria, oculto entre los riscos de la sierra de Aralar y las laderas sombrías del monte Saandar, habitaba Tartalo, un gigante antropófago de un solo ojo situado en el centro de su frente. Este monstruo, dotado de una estatura colosal y una fuerza capaz de arrancar robles centenarios de raíz, gobernaba las cumbres imponiendo un reino de terror sobre los pastores y aldeanos que se atrevían a adentrarse en sus dominios. Tartalo pastoreaba un rebaño de ovejas de tamaño descomunal, pero su manjar preferido no era la carne de sus reses, sino la de los jóvenes humanos que sorprendía vagando por los senderos al caer la tarde.
Cuenta la tradición oral que, durante una jornada de niebla espesa y tormenta imprevista, dos hermanos pastores perdieron la ruta de regreso al caserío. Buscando desesperadamente un refugio donde guarecerse del viento helado y los rayos, divisaron la boca de una inmensa caverna en la pared de la roca. Agradecidos por el hallazgo, se adentraron en la penumbra de la gruta sin saber que acababan de poner un pie en la mismísima guarida del cíclope.
Al anochecer, el suelo comenzó a temblar con las pisadas brutales del monstruo, que regresaba a su morada guiando a sus reses. Al entrar en la gruta, Tartalo empujó una mole de piedra colosal sobre la abertura, sellando la única salida y dejando el interior sumido en un encierro opresivo. Fue entonces cuando su único ojo, resplandeciente como una brasa en la oscuridad, descubrió la presencia de los dos muchachos agazapados tras un saliente de la pared. Con una risotada pavorosa que hizo retumbar las estalactitas, el gigante agarró al hermano mayor, lo atravesó con un enorme espetón de hierro y lo devoró sin piedad sobre el fuego del hogar. Antes de tumbarse a dormir, miró al hermano menor y le advirtió con crueldad que aguardara su turno para la cena de la noche siguiente.
Acorralado por el horror y sabiendo que la fuerza bruta resultaba inútil frente a semejante engendro, el joven sobreviviente esperó a que los roncados del cíclope sacudieran las paredes de la caverna. Con cautela infinita, tomó el pesado espetón de hierro con el que el monstruo preparaba sus banquetes y lo introdujo en las ascuas del fuego hasta que la punta alcanzó un calor incandescente. Armándose de todo su valor, el muchacho corrió hacia el gigante dormido y hundió con violencia el hierro al rojo vivo directamente en su único ojo.
El alarido de dolor retumbó por todos los valles de la cordillera. Cegado, furioso y desorientado, Tartalo comenzó a dar zarpazos al aire y a golpear ciegamente las paredes de la cueva intentando atrapar a su agresor. Como el joven lograba esquivarlo ocultándose entre las sombras, el cíclope se apostó junto a la salida, retiró ligeramente la gran roca y decidió revisar una a una a sus ovejas a medida que salían a los pastos matutinos, pasando sus manos por el lomo de cada res para asegurarse de que el humano no escapara.
El astuto pastor comprendió de inmediato la estratagema del monstruo. Rápidamente, desolló al carnero más grande del rebaño, se cubrió con su gruesa piel de lana y avanzó a gatas entre el resto de las ovejas. Cuando llegó a la salida, las manos del gigante palparon detenidamente el lomo lanudo y dejaron pasar a la res sin sospechar el engaño. Una vez fuera de la cueva y a salvo entre los matorrales de la ladera, el muchacho se despojó del disfraz y gritó hacia la boca de la gruta, burlándose de la torpeza del cíclope.
Lleno de rabia al saberse burlado, Tartalo acudió a una última y siniestra astucia. Fingiendo resignación, sacó de su bolsillo un hermoso anillo de oro y se lo arrojó al joven, asegurando que se lo entregaba como muestra de admiración por su astucia y como ofrenda de paz. El muchacho, fascinado por el brillo de la joya, cometió el error de deslizar el anillo en uno de sus dedos. Al instante, la joya cobró una vida maligna y comenzó a gritar con una voz aguda y penetrante que retumbaba en todo el valle: «¡Aquí estoy, aquí estoy!».
Siguiendo el rastro inconfundible de la voz del anillo, el gigante ciego echó a correr a grandes zancadas tras la pista del joven. Por más que el pastor intentó quitarse la sortija, esta parecía haberse fundido de forma indisoluble con su piel. Viéndose al borde de ser alcanzado por los zarpazos del monstruo, el muchacho tomó una decisión desesperada: desenfundó su cuchillo de pastor, se cercenó el dedo de un solo golpe y arrojó la joya junto al miembro amputado a lo más profundo de un barranco por donde discurría un torrente embravecido.
El anillo continuó chillando desde las profundidades del abismo: «¡Aquí estoy, aquí estoy!». Guiado por el alarido implacable, Tartalo se arrojó a ciegas por el precipicio, precipitándose de cabeza contra las rocas y cayendo al fondo del torrente, donde la corriente se encargó de ahogarlo para siempre. Con la muerte del cíclope, los montes recobraron la tranquilidad, y la historia del joven pastor quedó inmortalizada en la memoria popular como el triunfo definitivo del ingenio y la valentía humana sobre la fuerza ciega de la monstruosidad.
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Ttarttalo, el Cíclope de las Cavernas
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