En las profundidades del valle de Baztan, envuelta en la neblina perpetua de los arbolados navarros, se abre la majestuosa cueva de Zugarramurdi. Un túnel natural de dimensiones colosales, labrado durante milenios por las aguas del arroyo Olabidea, ha sido desde tiempos inmemoriales el templo secreto de las Sorginak. Estas mujeres, conocedoras de los secretos del bosque, transmisoras de la medicina de las plantas y guardianas del pulso sagrado de la naturaleza, se reunían bajo los arcos de piedra para celebrar la vida, sanar las dolencias de los valles y rendir tributo a los ritmos eternos de la tierra.
En las noches en que la luna llena bañaba las cumbres de los Pirineos con su resplandor argénteo, las sanadoras y sabias de los caseríos cercanos abandonaban en silencio sus hogares. Se encaminaban hacia el prado verde que se extendía al pie de la gran caverna: el Akelarre (nombre que nace de la unión de aker, macho cabrío, y larre, prado). Allí, apartadas de la mirada inquisidora o temerosa de los habitantes de las ciudades, las Sorginak encendían hogueras ceremoniales cuyas chispas doradas danzaban hacia el firmamento, confundiéndose con las estrellas.
En el centro del círculo, sobre una gran roca plana que servía de altar natural, emergía la figura venerable de Akerbeltz, el gran Macho Cabrío de pelaje negro como el abismo nocturno. En la cosmovisión ancestral de Euskal Herria, Akerbeltz no encarnaba la maldad ni la perdición, sino la fuerza genitora de la tierra, la salud del ganado y el poder protector capaz de ahuyentar las plagas y las epidemias que amenazaban a las comunidades rurales. Sus ojos, repletos de una sabiduría abismal y antigua, brillaban con la luz cálida del fuego sagrado mientras las mujeres inclinaban sus frentes en señal de respeto y gratitud.
La velada transcurría en una comunión festiva y mistérica. Al compás del eco hipnótico del txistu, el tamboril y el silbido de la alboka, las Sorginak entrelazaban sus manos en una danza circular que hacía temblar la tierra húmeda del prado. Al ritmo de la música, el aire se impregnaba de fragancias intensas a romero, ruda, verbena y saúco, plantas recolectadas al atardecer bajo los influjos propicios de los astros. En los calderos de bronce que borboteaban sobre las brasas, las sabias elaboraban bálsamos reconfortantes, ungüentos para cicatrizar heridas y brebajes capaces de devolver la vitalidad a las reses y a los enfermos.
Cuenta la tradición la historia de una joven aprendiz del pueblo de Urdazabi que acudió por primera vez al Akelarre guiada por su abuela, la curandera más anciana de la comarca. Abrumada por el temor a lo desconocido, la muchacha contuvo el aliento cuando Akerbeltz descendió de la roca y aproximó su testuz coronada por imponentes cuernos retorcidos hacia ella. Lejos de infundir terror, el aliento del espíritu emanaba un aroma a heno fresco y tierra mojada. Con una caricia suave de su hocico sobre la frente de la joven, el genio negro le transmitió la intuición y el conocimiento necesario para descifrar el lenguaje secreto de las hierbas y los vientos.
Al despuntar los primeros destellos del alba, cuando las brumas del estío comenzaban a teñirse de rosa y el canto del gallo anunciaba la partida de la noche, el ritual llegaba a su fin. Akerbeltz se disolvía lentamente entre las grietas rocosas de la cueva, regresando a las entrañas de Amalur para velar por los rebaños durante el día. Las Sorginak, reconfortadas por la fuerza de la naturaleza y bendecidas por la sabiduría compartida, apagaban con cuidado las cenizas de la hoguera y regresaban a sus caseríos antes de que el sol iluminara por completo los caminos.
Aunque los siglos oscuros y la incomprensión intentaron mancillar la memoria del Akelarre envolviéndolo en mitos de superstición y maldad, la memoria viva de Euskal Herria ha preservado la verdad de Zugarramurdi. El Akelarre de Akerbeltz no fue un cónclave de sombras, sino un santuario de libertad, de sororidad y de reverencia infinita hacia la fuerza sagrada de la naturaleza, donde las Sorginak mantuvieron encendida la llama de la medicina antigua y el vínculo indisoluble entre el ser humano y el alma inmortal de la tierra.
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Las Sorginak de Zugarramurdi y el Akelarre de Akerbeltz
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